Capítulo 2 – Acto 1. The house of the rising glucose.

Capítulo 2 – Acto 1. The house of the rising glucose.

Treinta años y contando. En tu cara, profesor de sexto grado que decía que no pasaría de los 18 años. La diabetes ha sido la ruinosa mansión del sol naciente en mi vida, esa que me ha mantenido con un pie en la plataforma y el otro en el tren, siempre a punto de partir hacia un Nueva Orleans celestial. ¿Condición? No, mis queridos, esto es una enfermedad, y no es del tipo que se cura con un poco de miel conceptual.

¿Un niño de seis años merece eso? Esa pregunta me acompañó hasta los 21, como una canción de cuna distorsionada. La respuesta aún la desconozco, pero lo que sí puedo responder es que nada está en merecer o no. Las cosas simplemente pasan, como un papá jugando al blackjack en Bourbon Street. Y si Dios le da las peores batallas a sus mejores guerreros, que se vaya al infierno… ¡Ups!

Mi vida ha sido una guerra, no una orquestada por un Dios voyerista inexistente, sino una guerra diaria, llena de victorias insípidas e incoloras, como unos nuevos blue jeans cosidos por mamá. ¿Podré declararme ganador? No sé, treinta años suenan a que ya gané. Pero todos sabemos que esto es una guerra perdida, ni el gran Alejandro Magno lo conquistó todo y terminó en un temprano ocaso, envenenado por su propia ambición.

En mi caso, cuento las heridas, irónicamente a la vista… de otros. Una mandíbula incompleta, un fémur atravesado por la espada que representa la sierra de un quirófano; de mi pesadilla kubrikiana ni hablar. En este punto, lo que intento decir es que la vida es lo que es, no hay más. La vida es aromas, texturas, colores, flores y todo eso que da vida a las Chicas Superpoderosas. Pero la vida también es Mojo Jojo, y eso, hermano, le da el sabor.

¿Habré pasado mi vida en pecado y miseria? Tampoco lo sé. Pero aquí estoy, de pie como un verdadero ser invencible… and God, I know I’m one.

¡Salud por mi 30 diabersario… y por aquello de usar su nombre en vano!

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